viernes, 25 de abril de 2008

Paraguay se incorpora a la corriente

Paraguay se incorpora a la corriente

Por Enrique Lacolla

La cuestión estriba en saber si la ola de fondo que la sostiene es
capaz de remontarse a una superficie controlada por quienes se han
esforzado siempre por contenerla.

El obispo Fernando Lugo acaba de ser electo presidente del Paraguay.
Es una novedad auspiciosa, en la medida que implica el surgimiento de
una persona no comprometida con el estamento corrupto que regía a ese
país desde hacía décadas y que se basaba en un sistema de clientelismo
que fijaba al grueso de la población del país en una inmovilidad
negadora de cualquier esperanza de superación social. Pero Lugo se
enfrenta a un Congreso potencialmente adverso y sus planes de reforma
pueden estrellarse contra ese bastión regresivo. Le queda la opción de
llamar a elecciones para una reforma constituyente, que puedan
otorgarle el envión que necesita para complementar el poder moral, del
cual lo ha investido su elección, con un poder ejecutivo que sea capaz
de llevar adelante los cambios que el país necesita. Es el camino que
eligió Hugo Chávez.

Pero Chávez tenía a un pueblo movilizado detrás de él y el respaldo de
elementos sustanciales de las Fuerzas Armadas.

Lugo no lo va a tener fácil. Mucho de su éxito dependerá de la
generosidad con que Brasil y Argentina lo traten. Las primeras
expresiones del presidente Luiz Inacio Lula da Silva ante la
pretensión paraguaya de renegociar los términos que regulan los
acuerdos en torno de la represa de Itaipú, construida en la frontera
de ambos países, otorgando un valor superior al precio barato que
Brasil paga por la energía que deriva de la planta, han sido de seca
negación. Brasil se atendrá los convenios previamente firmados.

Esto pone de relieve uno de los datos que hacen tan quebradiza la
unión del Mercosur. Ya el gobierno argentino, con su tolerancia hacia
los desplantes de los piqueteros "paquetes" de Gualeguaychú (motivada
con toda probabilidad por consideraciones oportunistas de carácter
electoral) hizo balancear de manera peligrosa al Uruguay hacia un
acuerdo bilateral con Estados Unidos.

Los intereses de las empresas brasileñas y argentinas en Bolivia, por
otra parte, (lo de argentinas es un decir, pues se trata de la
transnacional Repsol-YPF, que de argentina no tiene nada) pueden
comprometer aun más la situación ya crítica del presidente Evo
Morales; en la cual no poca responsabilidad le cabe, tanto a él como a
su vicepresidente Álvaro García Linera, por su política de fomento al
autonomismo indígena que, si bien puede leerse como un acto de
justicia retrospectiva, en la práctica acerca leña al fuego a los
separatistas "cambas" como se denomina a los bolivianos de piel clara
que son mayoría en el oriente del país.

De hecho estos han convocado a una consulta autonomista para el
próximo 4 de mayo, haciendo oídos sordos a la declaración de
ilegalidad de la misma, emitida por la Corte Nacional Electoral.

Dos proyectos
En América latina se están diseñando dos proyectos. Uno, que brota de
sus profundidades y apunta a una construcción regional en gran escala,
que nos devuelva a las postulaciones sanmartinianas y bolivarianas de
las horas iniciales de la Independencia; y otra que apunta a
rebalcanizar lo ya balcanizado; esto es, a romper las unidades
nacionales ya existentes introduciendo el germen de un separatismo que
invocará los pretextos más variados para justificarse. Desde las
reivindicaciones de los "pueblos originarios" a los presupuestos de un
autonomismo descaradamente inspirado en el interés de explotar para sí
los recursos del subsuelo en los lugares mejor provistos de ellos; por
supuesto en beneficio de los sectores que disfrutan del control de las
palancas del poder y se encuentran en situación favorable para
negociar su tajada con el imperialismo.

La primera tendencia es la más arraigada y expresa la intuición de un
mandato histórico determinado por la cultura, el interés
macroeconómico y la necesidad de aprender a defenderse en un mundo
cada vez más implacable y cada vez más determinado por la agresividad
de los ricos contra los pobres en aras del mantenimiento del principio
de la maximización de las ganancias, que es la piedra basal sobre la
que se apoya el sistema.

La segunda expresa el poder de las oligarquías y burguesías
"compradoras" que han orientado –salvo en los intervalos en que
emergieron fuerzas populares capaces de expresar, de forma más o menos
caótica, el interés de las masas- la dirección de los asuntos en esta
parte del mundo.

Su poder se fundó en su capacidad de concentración dineraria derivada
de una situación de privilegio geográfico. Dueñas de los puertos,
construyeron a sangre y fuego, a lo largo del siglo XIX, una situación
de privilegio que recién en la primera mitad del siglo XX comenzó a
ser rebatida por el ascenso de los populismos. La presión de esos
grupos de poder oligárquicos, sin embargo, pareció tornarse abrumadora
tras la ola represiva que barrió a Latinoamérica en la segunda mitad
de ese siglo y que alcanzó el ápice en la década de los '90, cuando el
hundimiento del bloque del Este convenció a muchos de que la situación
había quedado sellada y que la globalización neoliberal era
invencible. El terrorismo de Estado, practicado primero en términos
militares, encontró por entonces su consagración institucional en la
devastación a que fueron sometidos nuestros países, a través de
gobiernos formalmente democráticos, por medio de las políticas de
privatizaciones irresponsables que empujaron al desempleo y la pobreza
a enormes masas de gente, y por el auge de una corrupción rampante.
Pero, como lo señaló en su hora Rodolfo Walsh, la conmoción es un
estado transitorio. Los hijos de los vencidos y los habitantes de las
periferias misérrimas de las grandes ciudades, volvieron por sus
fueros y produjeron una serie de acontecimientos que acabaron, de una
u otra forma, con los gobiernos entreguistas en Venezuela, Brasil,
Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia y Ecuador. Ahora es el turno de
Paraguay.

Lo inquietante de esto, sin embargo, es que la pulsión de abajo que
pugna por manifestarse en la superficie no encuentra en esta a
representantes adecuados para responder a sus demandas. Estas se
pueden resumir en soberanía, democracia efectiva, solidaridad y
redistribución más equitativa de la riqueza. Pero esas aspiraciones se
ven frenadas por la timidez o la complicidad con que los gobiernos
ungidos para seguir ese camino hacen frente a las fuerzas del sistema.
La crisis del modelo neoliberal precipitada por los desastres
económicos producidos en el filo del nuevo siglo, implicó un
desplazamiento del centro de gravedad político, por ejemplo, pero no
supuso una transformación de este. Los modelos productivos argentino y
brasileño, hasta ahora, se mantienen como una variante del modelo de
dependencia semicolonial. Son gobiernos que asumen una tesitura
renovadora en la política exterior, pues detectan la peligrosidad del
momento internacional y son conscientes del valor que tendría una
estructuración regional construida en torno de la autarquía y la
defensa, pero que no terminan de asumir lo que proclaman, pasando de
las palabras a los actos, fijando programas concretos de
industrialización y desarrollo, y acotando, de manera total y
definitiva, cualquier intento separatista que amenace la integración
regional con la institucionalización de grupúsculos que con seguridad
tenderán a chocar entre sí, debilitando y rompiendo las unidades
nacionales que deberían confluir para constituir la unidad nacional
mayor, la unidad nacional latinoamericana.

Abrir brecha
Se tiene entonces la estremecedora sensación de que se puede estar
renunciando a una formidable ocasión de cambio. El Imperio y sus
adláteres locales están al acecho y han comenzado sus prácticas
desestabilizadoras. La incursión colombiana (con toda probabilidad con
apoyo de inteligencia o algo más de parte de la CIA) en el Ecuador,
las convulsiones en Bolivia y el lock out del campo en Argentina, que
desabasteció al país y fue fogoneado por las transnacionales del
alimento y la Sociedad Rural, que usaron a los pequeños y medianos
productores como fachada para su ofensiva, ponen en claro que se están
avecinando tiempos difíciles. El triunfo electoral de Fernando Lugo en
Paraguay demuestra sin embargo que, en las bases, la inquietud por el
cambio se sostiene todavía. No dejemos que se desgaste. Liberémosla
por medio del lanzamiento de las políticas populares y de los planes
estructurales que sólo pueden verificarse a través del ejercicio del
poder del Estado. Latinoamérica, unida, jamás será vencida.

La frase parece manida, pero conserva una rigurosa actualidad.

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