martes, 1 de abril de 2008

Malvinas

Por Luis Antonio Leyro

El Padre Castellani decía, citando a Aristóteles, que en toda guerra se podían
encontrar dos raíces: una económica, causa material, y otra teológica, causa
formal, y refiere que en la de Troya el rapto de Elena fue sólo la ocasión, que
la realidad fue que ese puerto asiático, mercantilista y de una religión opuesta
a la griega, presionaba a estas comunidades. Homero divide a los dioses de ambos
contendientes, colocando a Venus, Mercurio y Neptuno de parte del emporio
comerciante y navegante, y de parte de los griegos a Atenea, diosa del saber,
Febo, de la poesía, y Ares, del valor militar.

Nada en la epopeya de Malvinas parece contradecir estos dichos, que pudieran ser
considerados por algunos como superados por antiguos. Diremos, saltando muchas
etapas, que en 1877, Sir Cecil Rhodes, fundador de Rodesia y del emporio de oro
y diamantes de Sudáfrica bajo la égida de Anglo-American (actualmente ocupados
en extraer nuestro oro de Santa Cruz, Mina Cerro Vanguardia, empresa controlada
por la banca inversora Oppenheimer, con un rinde aproximado de 10 gramos de oro
por tonelada, rendimiento actual en Sudáfrica, 4,5 gramos por tonelada) y De
Beers, estableció en su testamento el legado de su fortuna como un fondo de y
para el establecimiento de una sociedad secreta que restableciera el poderío del
Imperio Británico, con la ocupación de extensas zonas del planeta con súbditos
británicos, entre ellas toda la América del Sur, y la recuperación final de los
Estados Unidos como parte integral del imperio. Esta Sociedad Secreta nació el
30 de mayo de 1919 en Versailles, fundada por su administrador, Lord Alfred
Milner, conjuntamente con Rudyard Kipling y resultó ser el Instituto Real de
Asuntos Internacionales (Royal Institute of International Affairs, RIIA, Chatam
House, St. James Square, Londres), y domina directamente a todos los principales
bancos de Gran Bretaña, a la British Petroleum y la Royal Dutch Shell.

En 1921 se fundó su subsidiaria, el Consejo de Relaciones Internacionales
(Council of Foreign Relations, CFR), uno de cuyos fundadores fue John Foster
Dulles, luego Secretario de Estado de Estados Unidos, amigo íntimo de
Rockefeller. En su revista oficial, Foreing Affairs, escribió, en abril de 1974,
Richard Gardner, miembro del gobierno de Jimmy Carter: ".de ese modo llegaremos
a poner fin a las soberanías nacionales, corroyéndolas pedazo a pedazo".

El 23 de octubre de 1973 se fundó la Comisión Trilateral, integrada por los
mayores titulares de empresas industriales de Estados Unidos, Europa Occidental
y Japón. Entre sus miembros se contaban, en Inglaterra, en 1982, Margaret
Thatcher y Lord Carrington, Ministro de Relaciones Exteriores; en el gobierno de
Reagan, George Bush (padre), Vicepresidente, Alexander Haig, Secretario de
Estado, William J. Casey, director de la CIA, David Rockefeller, Caspar
Weimberger, Secretario de Defensa. Por Argentina: José A. Martínez de Hoz,
apoderado del Chase Manhattan Bank, banco acreedor, quien se entrevistara cinco
veces en Londres con Ted Rowlands, antes de la guerra.

El 11 de octubre de 1978 se funda el CARI: Consejo Argentino de Relaciones
Internacionales, subsidiaria del CFR, aprobada por Expediente Nª 7271/61451 de
la Inspección General de Personas Jurídicas. Firmaron el Acta fundacional, entre
otros: Roberto Alemann (apoderado de bancos suizos y del complejo CIBA-Geigy y
ministro de economía del Proceso), Juan Ramón Aguirre Lanari (ministro de
Relaciones Exteriores del Proceso), José María Dagnino Pastore (ministro de
economía del Proceso), Nicanor Costa Méndez (ministro de Relaciones Exteriores
del Proceso, presidente de UNITAN, ex La Forestal, de capital británico y de la
Cía. General de Combustibles, del cartel petrolero anglo-americano, encargado de
las tratativas de paz con Alexander Haig), Fernando de la Rúa, Mariano Grondona
y Lucio García del Solar. Las zanahorias siempre seguras con los conejos.

En 1978, el "Glomar Explorer", buque científico de la CIA informó que existían,
dentro del área de las 200 millas de Las Malvinas nueve veces más reservas de
petróleo que en el Mar del Norte, y en el Informe Shakleton, de 450 páginas, al
referirse a los alimentos de la región, se menciona que sólo con la pesca del
romero azul, se equipara la totalidad de la pesca del Atlántico Norte y que se
pueden obtener 75 millones de toneladas de krill anuales.

En 1980 la revista "Petróleo Internacional" de Tulsa, Oklahoma, manifiesta: "La
Argentina es una de las tres regiones del mundo que más promete en el campo de
la explotación petrolera, según un informe de la CIA". Pienso que estos solos
datos explican sobradamente la raíz económica de la guerra. Veamos.

El 8 de junio de 1989 asume la presidencia Carlos Menem, mediante una Facultad
Extraordinaria del Congreso, en violación del Art. 29 de la Constitución
Nacional y de la Ley de Acefalía. El 18 de agosto se dicta la Ley Nº 23.696, que
se refería a los bienes patrimoniales de la Nación que habrían de ser enajenados
a sectores privados. En septiembre la Reina recibió en audiencia especial y
secreta al Senador Eduardo Menem, y en noviembre, en su discurso de apertura de
la sesiones del Parlamento, se refirió al inmediato restablecimiento de las
relaciones diplomáticas con la Argentina y de las ventajas económicas que se
derivarían de ello para el comercio británico; el mismo mes llegó al país una
misión comercial británica, presidida por Lord Montgomery, para ver las Empresas
y Organismos Públicos que se ponían en venta.

El 15 de febrero de 1990 se firma en Madrid la "Declaración Conjunta de las
Delegaciones de la Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del
Norte", suscripta -en un día- por Sir Crispin Tichelle, representante permanente
del Reino Unido ante las Naciones Unidas, y Lucio García del Solar -como vimos-
miembro del CARI. Esta Declaración constituye una virtual rendición
incondicional a Gran Bretaña, en violación al Art. 67 de la Constitución
Nacional, que establece en su inciso 19 que "corresponde con exclusividad al
Congreso de la Nación aprobar o desechar tratados concluidos con otras naciones"
y en el 20 "autorizar al Poder Ejecutivo para declarar la guerra o hacer la
paz".
Consecuencia de dicho tratado fue la Ley Nº 24.184 del 4 de noviembre de 1990,
que ratifica el Convenio de Promoción y Protección de Inversiones, que garantiza
toda inversión británica en Argentina, así como la repatriación de inversiones y
ganancias. Como puede apreciarse, la guerra fue imprescindible -para Gran
Bretaña- ya que sin ella no hubieran existido ni el Tratado de Paz ni la Ley Nº
24.184. La ocupación incruenta de las Islas también fue imprescindible, porque
impidió la prescripción de nuestros derechos al cumplirse los 150 años de
usurpación, y la posibilidad de que Gran Bretaña declarara la independencia de
los kelpers, ya que en cualquiera de los dos casos hubiéramos perdido todo
derecho a reclamo. Eso, sin mencionar el honor.

También en Malvinas encontramos la raíz teológica. Por el lado de los
mercenarios británicos: Venus portuarias de senos al viento, Mercurio, objeto de
adoración de los que los enviaron y el Neptuno que los transportó. La operación
argentina se llamó Rosario, lo que lleva en sí implícito la Sabiduría, la Poesía
y el Valor que nos trascienden. No voy a intentar honrar la Gesta ni a sus
héroes, porque carezco del conocimiento del sabio y de la delicadeza del poeta
necesarios para hacerlo como es debido. Creo que el mejor tributo que podemos
rendir a los que tomaron la decisión, a aquellos que nos esperan en las Islas, a
los que sobrellevan las cicatrices físicas o espirituales del combate, y, en
fin, a todos los que pusieron o que quisieron poner todo de sí -y fueron, por
consiguiente, heroicos- es elevar nuestra Fe, nuestra Bandera y nuestro espíritu
hasta sus máximas alturas y aceptar la responsabilidad de conocer nuestros
derechos y sustentarlos.

Y de no rendirnos jamás.

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