jueves, 13 de marzo de 2008

42 versos a la Facultad de Derecho

La Facultad de Derecho es una casa vieja.

La trajeron —pretendo— de Lovaina o de Lieja

en una tarde fría y otoñal,

y en la ciudad ruidosa

fue un asombro ojival.

En su torre, doliente como un sueño inconcluso,

dialogaron sus noches porteñas y los vientos

con silbidos de jarcias y con lamentos

de gatos lunáticos y confusos.

Una luna porteña, que remontó en la esquina,

barrilete nocturno de arrabal,

caloteó dos palomas en Puente Alsina

y las tiró por su ventanal.

Palomas proletarias que hicieron nido con sus ladrillos,

igual que en los tejados de las aldeas,

igual que en la techumbre del conventillo.

Y la extranjera consistorial

ensayó un paso en la cuerda floja de la emoción,

cuando la plateada galleta marinera

con corazón de pan

le tiró las monedas de su amor,

y en la resurrección sensiblera le brotó un corazón

que en sístoles de huelgas

y en diástoles de gritas

efectúa la cardíaca revolución.

Corazón que practica

la leyenda hipocrática de dormir a la izquierda,

hecho con las estrías de cien muchachos locos

que sueñan con la paz

y que hacen la simbiosis

—pampeanamente rara—

de Yrigoyen y Marx.

(HOMERO MANZI)

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