lunes, 22 de septiembre de 2008

El Triunfo de la Primavera

El Triunfo de la Primavera

Sandro Botticelli: Alegoría de la Primavera
Galería de los Ufizzi de Florencia, témpera sobre tabla, 203 x 314 centímetros, restaurada en 1982


En la segunda mitad del siglo XV Florencia se encontraba en posesión de un ideal bien definido para el arte y para la vida, dirigido al placer intelectual y al gusto aristocrático de la belleza. Al gran Cosme de Médicis habían sucedido sus nietos Juliano y Lorenzo, ambos jóvenes, enamorados y artistas. Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, mejor conocido como Sandro Botticelli [1445-1510], creador paradigmático del quattrocento florentino, fue hijo de un humilde artesano tonelero (de ahí el apodo botticelli de él y sus hermanos), y salvo un año en que fue llamado a Roma para pintar algunos frescos en las paredes laterales de la Capilla Sixtina, se consagró por completo a ejecutar en su ciudad los encargos de los Médicis. Entre otros muchos, pintó La Primavera.

Cuando Botticelli realiza esta magna obra en pleno Renacimiento italiano no podía ser completamente consciente de la trascendencia que supondría para el arte posterior. Sólo digamos que la generación siguiente sería la de Leonardo y Miguel Angel.

Lo primero que llama nuestra atención en La Primavera, en relación con los usos de la época, es su enorme formato: la pintura profana casi nunca utilizó estas dimensiones, que se reservaban para la expresión de los temas sacros. Esto le confiere un carácter de cristianización de un tema que a primera vista parece totalmente ajeno a las creencias religiosas.

Por otro lado, la obra bien pudiera relacionarse con un género muy extendido de la época, el tapiz. Los tapices sí tenían ese gran tamaño y se dedicaban mayormente a temas profanos, puesto que su función era decorar muros, cerrar vanos, etcétera. Los mejores tapices eran los flamencos, procedentes de Gante, Brujas y Bruselas, realizados en la lana de mejor calidad, la castellana. Su precio en el mercado era elevadísimo, hasta el punto de que comenzaron a ser sustituido por materiales más baratos, como era la pintura. Esta sustitución de materiales caros ya había tenido lugar en el Gótico con el mosaico. Reforzando el paralelismo de esta obra con el tapiz tenemos el suelo sembrado de flores (se dice que hay más de quinientas variedades pintadas en el cuadro, que son todas las que brotan en los alrededores de Florencia), según el modelo milflores de los tejidos flamencos y franceses.

La Primavera nos presenta una deliciosa selva de naranjos sobre un suelo florido, trasparentándose un aire claro de un día primaveral. Debajo de aquellos árboles se encuentra una extraña compañía: a la izquierda, Juliano de Médicis, vestido como Mercurio, levanta el brazo para coger el fruto que entregará a una de las tres Gracias, que en ronda exquisita enlazan sus manos. Una de ellas, que va a ser tocada por la flecha del Amor que vuela por los aires, parece ser el retrato de la enamorada de Juliano, Simonetta Vespucci. Por la derecha llega, como resbalando por el suelo, la Primavera derramando flores, mientras el Céfiro que vuela soplando pretende abrazar a una figura desnuda de Flora, que hace crecer los tallos a su pasos, deidad romana de las plantas y símbolo de Florencia. En el fondo, una dama vestida con sencillez, indiferente pero no insensible, parece con un simple gesto animador ser la que mueve todo y ordena el Amor. Esta Madona laica es la Dama Naturaleza que, eterna y regular en sus funciones, da a la composición un sentido panteísta. Tanto la figura de la Naturaleza como las Gracias y la maravillosa Primavera son bellísimas, pero el conjunto resulta incoherente. Parece una pintura que deba ir acompañada de un poema explicativo.

Así lo entendió el español Manuel Machado [1874-1947], quien contemplando La Primavera de Botticelli escribió:

¡Oh, el sotto voce balbuciente, oscuro,
de la primer lujuria!… ¡Oh, la delicia
del beso adolescente, casi puro!…
¡Oh, el no saber de la primer caricia!…

¡Despertares de amor entre cantares
y humedad del jardín, llanto sin pena,
divina enfermedad que el alma llena,
primera mancha de los azahares!…

Angel, niño, mujer… Los sensuales
ojos adormilados y anegados
en inauditas savias incipientes…

¡Y los rostros de almendra, virginales,
como flores al sol, aurirrosados,
en los campos de mayo sonrientes!…


Pero a la Primavera le cantaron todos los poetas de todos los tiempos. Por ejemplo, la chilena Gabriela Mistral [1889-1957]:


Doña Primavera

Doña Primavera
viste que es primor,
viste el limonero
y el naranjo en flor.

Lleva por sandalias
unas anchas hojas

y por caravanas
unas fucsias rojas.

Salid a encontrarla
por esos caminos.
¡Ya loca de soles
y loca de trinos!

Doña Primavera,
de aliento fecundo,
se ríe de todas
las penas del mundo...

No cree al que le hable
de las vidas ruines.
¿Cómo va a toparlas
entre los jazmines?

¿Cómo va a encontrarse
junto a las fuentes
de espejos dorados
y cantos ardientes?

De la tierra enferma
en las pardas grietas,
enciende rosales
de rojas piruetas.

Pone sus encajes,
prende sus verduras,
en la piedra triste

Publicado por Agenda de Reflexión el Septiembre 21, 2002 10:34 PM | Link Permanente

No hay comentarios: