viernes, 23 de mayo de 2008

El conflicto en Oriente Medio - Por Daniel Barenboim

En las paredes de mi vestuario de la Staatsoper de Berlín hay
fotografías que me recuerdan lo que veo cuando miro por la ventana de
mi casa en Jerusalén. Están un poco descoloridas y en algunas partes
el papel se está deshaciendo, pero es fácil reconocer las vistas: la
Ciudad Vieja, la Mezquita de la Roca con su refulgente cúpula, los
muros, las puertas. A veces me siento aquí antes de actuar, observo
esas fotografías y pienso en Jerusalén, en Israel, en mi patria. La
situación en Oriente Medio me resulta demasiado cercana, es demasiado
personal como para que pueda caer en el sentimentalismo.

Desde 1952 poseo pasaporte israelí. Desde que tengo 15 años viajo por
el mundo en mi calidad de músico. He residido en Londres y en París, y
durante años he vivido entre Chicago y Berlín. Antes de tener
pasaporte israelí, lo tenía argentino; y después adquirí el español.
Además, en 2007 me convertí en el único israelí del mundo que también
puede enseñar un pasaporte palestino en los puestos fronterizos
israelíes. Soy, por así decirlo, una prueba patente de que sólo una
solución pragmática basada en la existencia de dos Estados (o, mejor
aún, aunque suene absurdo, una federación de tres Estados: Israel,
Palestina y Jordania) puede llevar la paz a la región.

¿Cómo respondo a quienes me dicen que soy ingenuo, sólo un artista?
Les digo que, aunque de niño estreché la mano de Ben Gurion y de Simon
Peres, no soy un político: lo que siempre me ha interesado es la
humanidad, no la política. En ese sentido, me siento capaz de analizar
la situación y, como artista, especialmente capacitado para hacerlo.

Tanto mis abuelos paternos como maternos eran judíos rusos que huyeron
a Buenos Aires durante los pogromos de 1904. Cuando llegaron al puerto
de Buenos Aires, a mis abuelos maternos (él con 16 años, ella con 14),
después de una espantosa travesía, les anunciaron que sólo las
familias podían desembarcar, porque el cupo de solteros ya estaba
cubierto. Los dos estaban solos y mi abuelo agarró a mi abuela y le
dijo: "¡Casémonos!". Y así lo hicieron. Una vez en tierra, cada uno se
fue por su lado. Después de dos o tres años se reencontraron por
casualidad, se enamoraron y pasaron el resto de su vida juntos.

Esta abuela era una ferviente sionista. Ya en 1929 se fue a Palestina
durante seis meses con sus tres hijas -entre ellas mi madre, entonces
de 17 años- para comprobar si se podía vivir allí. Por su parte, la
familia de mi padre estaba totalmente asimilada: para ellos, la Tierra
Santa no tenía importancia, por lo menos hasta que descubrieron mi
talento musical. De repente, para mis padres cobró importancia que yo,
en mi calidad de futuro artista, debía crecer dentro de una mayoría y
no de una minoría ubicada en algún punto de la diáspora judía. La
familia Barenboim decidió emigrar a Israel.

En 1952 llegamos a Israel. Era invierno, el año escolar ya había
empezado, y yo tenía que aprender otro alfabeto y otro idioma. No fue
nada fácil, pero, como era un chico poco complicado y extrovertido, no
tardé en adaptarme. ¡Imagínense que fue precisamente en las calles de
Tel Aviv donde aprendí a jugar al fútbol!

Si hemos de atenernos a los hechos, no he pasado períodos muy
prolongados en Israel. Estuve allí sólo entre 1952 y 1954, y desde
1956, hasta comienzos de los sesenta. Cuando no acudía al colegio,
estaba de gira dando conciertos en Zurich, Amsterdam o Bournemouth.

En los años 50, Israel era el Estado más social e idealista que se
pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros fuéramos
jóvenes al mismo tiempo. El Estado evolucionaba literalmente ante
nuestros propios ojos y alimentaba nuestro idealismo, nuestro
compromiso diario, nuestro trabajo.

La izquierda israelí, el Partido Laborista, estuvo en el poder hasta
1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29 años. ¿Y por qué?
Después de la Guerra de Independencia de 1948, los tradicionalistas no
tenían nada que hacer, puesto que la contienda ya estaba ganada. Los
judíos religiosos seguían esperando al Mesías. De manera que lo que
quedaba eran los socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después
de la Guerra de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base
perdió pie. De repente, había mano de obra más barata procedente de
los territorios palestinos y, no mucho después, aparecieron los
primeros millonarios israelíes. El sistema socialista perdió su
equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.

Después de 1967, Israel volvió mucho más la vista hacia Estados
Unidos, no necesariamente para su propio beneficio. Los
tradicionalistas decían: "No abandonaremos los territorios recién
ocupados". Los judíos religiosos, que no eran "territorios ocupados
sino liberados, son territorios bíblicos". Y de esta forma se selló el
fin del socialismo en Israel. Desde entonces, la política
internacional ha instrumentalizado el conflicto de Oriente Medio.

Llevamos décadas leyendo titulares sobre explosiones de violencia. Las
guerras y las acciones terroristas se suceden. Con la guerra de Irak y
el conflicto con Irán, apenas se leen noticias sobre el asunto, lo que
es todavía peor. Muchos israelíes sueñan con despertarse un día para
ver que los palestinos se han ido, y éstos con lo contrario. Ni uno ni
otro bando pueden diferenciar ya entre el sueño y la realidad, y,
psicológicamente, éste es el quid del problema.

Desde la década de 1960 no me siento cómodo en Israel. Por supuesto,
es mi patria; mis padres vivieron allí y ambos están enterrados en
Jerusalén. Siempre que ha habido guerra en Israel, he tocado en el
país: en 1956, 1967 y 1973. La música ha sido mi lengua, mi arma. Sin
embargo, después del Septiembre Negro de 1970, Golda Meir dijo: "¿Por
qué se habla de los palestinos? ¡Nosotros somos el pueblo palestino!"
En ese momento caí en la cuenta de que esa posición era moralmente
inaceptable. Sí, los judíos tenían derecho a un Estado propio y
también a este Estado concreto. El Holocausto y la culpabilidad de los
europeos después de 1945 incidieron aún más en esa reivindicación. Sin
embargo, se olvida con demasiada facilidad que existía un sionismo
moderado y que desde el principio personas como Martin Buber
declararon que el derecho a tener un Estado judío debía hacerse
aceptable para la población local, para los no judíos.

En la actualidad, muchos israelíes no tienen ni idea de lo que sienten
los palestinos, de cómo es la vida en una ciudad como Nablus, una
prisión con 180.000 reclusos en la que no hay ni restaurantes, ni
cafés ni cines. ¿Qué ha ocurrido con la famosa inteligencia judía? Ni
siquiera estoy hablando de justicia o de amor. ¿Por qué se continúa
alimentando el odio en la franja de Gaza? Nunca podrá haber una
solución militar, porque dos pueblos luchan por una sola tierra. Por
fuerte que sea Israel, siempre sufrirá inseguridad y miedo. El
conflicto se devora a sí mismo y al alma judía.

Quisimos hacernos con tierras que nunca pertenecieron a los judíos y
construir en ellas asentamientos. En ese hecho, los palestinos ven, y
con razón, una provocación imperialista. Su resistencia, su no, es
absolutamente comprensible, pero no los medios que utilizan para
llevarla a cabo, ni tampoco la violencia o la inhumanidad
indiscriminada.

A mediano plazo, soy pesimista respecto a Oriente Medio, pero a largo
plazo soy optimista. O encontramos una forma de vivir con el otro o
nos matamos. ¿Qué es lo que me da esperanza? Hacer música. Porque,
ante una sinfonía de Beethoven, el "Don Giovanni" de Mozart o "Tristán
e Isolda" de Wagner, todos los seres humanos son iguales.
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U N I V E R S O



Un ser humano es parte de un todo, al que llamamos "Universo", es una
parte limitada en tiempo y espacio. Experimenta sus pensamientos como
algo separado del resto, una especie de ilusión óptica de su
conciencia. La ilusión es para nosotros una especie de prisión, que
nos limita a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas
personas que tenemos cerca.



Nuestra tarea debe consistir en liberarnos de esa prisión, ampliando
nuestro círculo de compasión hasta llegar a abrazar a todas las
criaturas vivientes y a la totalidad de la naturaleza en su belleza.



Nadie es capaz de lograrlo completamente, pero la búsqueda de tal
logro es en sí misma, parte de la liberación y base de la seguridad
interior.



Albert Einstein

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