La Reforma de 1918: del
medio siglo a sus 90 años
Gregorio A. Caro Figueroa
En 1968, cuando conmemoramos el medio siglo de Reforma Universitaria, no nos resultaba paradójico elogiar al movimiento estudiantil reformista y democrático de 1918, en momentos que arreciaban el descrédito de la moderación y del gradualismo. En esos años estaban en alza los golpes de Estado y las dictaduras. Seducían las llamadas guerras de liberación, las revoluciones y las rupturas traumáticas y violentas.
Las tentativas reformistas desplegadas en América latina durante la primera mitad de los años ’60 del siglo XX, fueron desplazadas por un entusiasta y devastador impulso revolucionario, de inmolación y de muerte. Las experiencias reformistas, el concepto de reforma y hasta ese mismo término fueron condenados, lapidados y sepultados por aquella irresistible tendencia, cuya propiedad se disputaban derechas e izquierdas militaristas y autoritarias.
La palabra “revolución” adquirió un enorme y disputado valor. Si el régimen de facto inaugurado en la Argentina en 1966 se llamó a sí mismo Revolución Argentina, para ocultar su falta de legalidad y de legitimidad, los pequeños grupos de izquierda que reivindicaban la violencia agitaban como propia las banderas de una revolución supuestamente redentora, aunque admiradora de regímenes totalitarios, incluyendo la cruel “revolución cultural” China.
Pese a las distancias geográficas y a las diferencias, un hilo común y poco visible conectaba a los débiles y frustrados ensayos democráticos en países de América latina con el cauto proceso de deshielo en países del bloque soviético, del que la sofocada Primavera de Praga (1968) fue su más audaz expresión. Las vías reformistas quedaron clausuradas aplicando un eficaz sistema de pinzas, aceitado con ideologías contrapuestas.
En esos días, doblando la apuesta revolucionaria y enarbolando consignas libertarias, estudiantes universitarios franceses se lanzaron a las calles argumentando que lo hacían con realismo para exigir lo imposible. El tiempo demostró que esa protesta, lejos de destruir el aborrecido sistema, sirvió para hacerlo más hedonista, permisivo y confortable.
Si las revueltas del Mayo Francés dejaron sólo contusos, las protestas estudiantiles en América latina se cobraron decenas de vidas humanas, incluyendo la de los estudiantes mexicanos masacrados el 2 octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
Lo que en Francia fue alboroto, en América latina fue tragedia. Con ánimo provocativo, Françoise Fontaine observó que “es el miedo a las reformas lo que lanza a los franceses a las revoluciones”. Coincidiendo con él, Raymond Aron señaló que “Francia hace de cuando en cuando una revolución, nunca reformas”. En América latina, en nombre de la revolución, de uno u otro signo, no sólo no se hicieron reformas sino que se abrieron puertas para regímenes autoritarios y retrógrados.
Los estudiantes que en junio de 1968 conmemoramos los cincuenta años de la Reforma Universitaria, no advertimos que la retórica revolucionaria a la moda era contradictoria con la reivindicación de aquel reformismo de 1918, más imbuido de democratismo, de espíritu moderno y de rechazo al dogmatismo que de rechazo a esos principios, por entonces fuertemente cuestionados, cuando no ignorados por nuestra generación.
Es cierto que el cincuentenario de la Reforma Universitaria se expresó como rechazo al gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, quien había intervenido las universidades nacionales, despojándolas de su autonomía y del sistema de gobierno establecido por la Reforma de 1918, interrumpiendo un proceso de modernización del que recelaban izquierdas y derechas antisistema.
Esos cambios iniciados en 1956 fueron condenados como expresiones de “cientificismo” y “limitacionismo”. Programas, convenios y subsidios internacionales fueron demonizados y calificados de instrumentos de la “penetración imperialista”. Fueron considerados un atentado contra la autonomía de las universidades. Muchos profesores expulsados en 1966, venían siendo acusados por agrupaciones estudiantiles de izquierda y del nacionalismo, de actuar como propagandistas del capitalismo y ser voceros académicos de sus teorías, entre ellos Gino Germani.
Lo que no se advirtió en las celebraciones de 1968 es que los mensajes que las nutrían estaban dominados por visiones sesgadas de aquel reformismo de 1918, en el que algunos grupos querían ver algunos rasgos que sirvieran para legitimar proyectos antidemocráticos y autoritarios. El rechazo a la dictadura de Onganía no siempre se hacía desde una defensa de la democracia: muchas veces encubría una apología de dictaduras de signo ideológico inverso.
Mediante manipulaciones, la Reforma Universitaria fue puesta al servicio de prédicas y de políticas alejadas de su sentido original y desvinculada del proceso histórico en el que se gestó: aquel más amplio y anterior en el que se gestó la Reforma Política impulsada por Roque Saénz Peña, Victorino de la Plaza e Indalecio Gómez.
El cuestionado régimen político que imperó hasta 1916 tuvo su correlato en tres universidades nacionales y dos provinciales que funcionaban en la Argentina en 1918. La Vieja Universidad reproducía los vicios de aquel régimen: “se ha visto el caso en la más importante universidad argentina de ver girar alternativamente, durante veinte años, a sólo tres personas, todas ellas estrechamente vinculadas al círculo gobernante del país”, señaló Carlos Cossio en 1927.
En la formación de los Consejos Directivos y la designación en las cátedras, “el régimen oligárquico había llegado a extremos verdaderamente patológicos; se rechazaban pretendientes a cátedras por ser socialistas o se exoneraban a profesores suplentes por haber solicitado del Consejo la designación de un titular que no era del círculo directivo”. La afinidad política y el amiguismo prevalecían sobre la idoneidad.
No se trata de idealizar la Reforma. A poco de comenzar a rodar, ella no modificó tan sombrío cuadro. Las simpatías de Cossio por la Reforma no le cegaron. Recordó que el presidente Hipólito Irigoyen la consagró aunque “en forma inconstitucional, desde que modificó por un simple decreto el sistema orgánico de la Ley Avellaneda” (1885).
Para Cossio, la Reforma no desterró las prácticas del clientelismo. Tampoco suprimió vicios corporativos. Con el tiempo, se desvirtuó la participación estudiantil mediante concesiones y “facilidades indebidas”.
Con otros ropajes, se reintrodujeron nuevos dogmatismos empeñados en arrojar como lastre los núcleos de la Reforma: apertura, sentido crítico, búsqueda de la excelencia y defensa irrestricta de la libertad. Recuperarlos es la tarea que se dibuja en un nuevo horizonte.-
viernes, 22 de agosto de 2008
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