viernes, 17 de octubre de 2008

17 DE OCTUBRE DE 1945 ABRIO LA RUTA DE UNA ARGENTINA QUE QUISO DEJAR DE SER COLONIA

Por Jorge Enea Spilimbergo
(Revista Izquierda Nacional Nº 14, octubre.1998)

1945 fue un año caliente. El gobierno militar instaurado el 4 de junio del 43 había perdido vuelo y sobrellevaba el cerco implacable de sus enemigos. Alemania capituló a principios de mayo y Japón, en agosto. Este derrumbe —se pensaba— arrastraría inexorablemente al gobierno militar, al que se lo consideraba una prolongación de la potencia del Eje. No había sido así al comienzo, cuando un importante sector vio caer al gobierno del doctor Castillo, identificado con los conservadores, el fraude y la corrupción escandalosa de la Década Infame. Pero la vasta clase media democrática (que incluso esperaba de los militares una ruptura con el Eje y la incorporación a la guerra junto a las potencias Aliadas) pronto se vio defraudada. Los militares, al igual que Castillo, eran “neutralistas”, y no pocos comulgaban con las ideas del fascismo. El carácter autoritario del régimen era notorio, su reaccionarismo ideológico en el campo de la
educación, el protagonismo de los nacionalistas de derecha y el apoyo de una iglesia “preconciliar” contribuían a enajenar al grueso del estudiantado, convertido en fuerza de choque de la vasta clase media democrática.
Esta vivía en términos ajenos la política nacional, como un capítulo de la lucha mundial entre la “democracia” y el “fascismo”, quería al país en la guerra. Sólo unos pocos, como el socialista Manuel Ugarte y los hombres de FORJA, repudiando al fascismo, veían en el aflojamiento de los lazos de dominación imperialista a consecuencia de la guerra, la oportunidad de crear márgenes de autodeterminación, para lo cual era imprescindible mantener la neutralidad. Esto pro vocaba la feroz ofensiva de las potencias “democráticas”, casualmente, las explotadoras directas de la Argentina.

La vieja Argentina cierra filas

El frente belicista y antidictatorial se componía de los notorios representantes del imperialismo “democrático”, sus agentes internos, los estudiantes y las clases medias, la oligarquía terrateniente, sectores burgueses temerosos de las “represalias”. Era un formidable vendaval que aislaba y ponía al borde del precipicio al régimen militar. Un Nuremberg vernáculo se diseñaba en el horizonte. Virtualmente, todos los prestigios de la Argentina tradicional confluían en la lucha: los grandes diarios —“La Nación”, “La Prensa”, “Crítica”—, leídos como oráculos; la Universidad y las Academia; la vieja SADE y la revista “Sur”; grueso de los artistas e intelectuales; la Sociedad Rural y la Unión Industrial Argentina; los partidos políticos.
Estos últimos ya prefiguraba la Unión Democrática y, mientras tanto, desde el exilio montevideano, pedían la intervención militar de los Aliados contra la Argentina, “últi mo bastión del Eje”. Los firmantes eran los dirigentes de la “izquierda” comunista y socialista, los radicales alvearistas, los demócratas progresistas y un sector de los conservadores. Todos ellos encabezaron la multitudinaria Marcha de la
Constitución y la Libertad —Rodolfo Ghioldi del brazo del conservador Santamarina— que parecía anticipar el derrumbe del régimen militar.
Esta tremenda presión política y social que movilizaba a “toda la Argentina visible” penetró en Campo de Mayo, la principal base militar, a las puertas de Buenos Aires, fracturando la unidad interna del Ejército. El general Avalos se colocó al frente de los conspiradores e impuso al presidente Farrell la renuncia y detención de Perón, entonces vicepresidente y secretario de Trabajo y Previsión. El coronel fue
trasladado a Martín García, la prisión militar.

La irrupción de los trabajadores

Todo parecía concluido a satisfacción de “democracia” cuando lo imprevisto irrumpió en la historia. Una reacción en gran medida espontánea, incontenible y contagiosa puso de pie a la periferia urbana y a los barrios populares. Ciento de miles de trabajadores se volcaron hacia Plaza de Mayo, en marchas infatigables de columnas cuadra a cuadra incrementadas. No eran los proletarios “conscientes” de la literatura de izquierda...cipaya. Era el real pueblo trabajador que estallaba con su presencia en apoyo de un gobierno que, por primera vez en la historia argentina, se pronunciaba por el derecho de los oprimi dos, y no lo hacía desde el texto inocuo de la ley, sino en la práctica cotidiana. El carácter espontáneo y contagioso de la movilización respondía, precisamente, a ese hecho.
En cuanto a la vieja CGT, aunque tardíamente (cuando los acontecimientos ya se habían desatado) declaró la huelga general (sin duda un giro histórico) en votación dividida que desempató el secretario general de ATE, Libertario Ferrari.
Para el Partido Comunista, en memorable caricatura, una pareja formada por un rufián y una puta seguían un carro cuyo caballo era azuzado por una zanahoria. Para Rodolfo Ghioldi la movilización se componía de obrero de origen campesino, sin experiencia política, atraídos por la reciente industrialización, cuya ingenuidad era explotada por la “demagogia”. Esta tesis sería luego elevada a categoría académica por el sociólogo italiano Gino Germani. Ocurrió todo lo contrario: el 17 de octubre fusionó en formidable unidad al viejo proletariado de origen migratorio con los “cabecitas negras” procedentes del interior. El anuario “socialista” de ese año calificó la jornada de Octubre como “día funesto para la democracia”.
Por su parte, Jorge Luis Borges describió la movilización presentando en su cuento “La fiesta del monstruo” a un grupo de malvivientes y lumpens que suben a un camión de Berisso, avanzan entre improperios y un lunfardo canallesco y, al entrar en Buenos Aires, interceptan a un estudiante de anteojos, por añadidura judío, y lo matan a patadas y puñetazos. Así vio a sus compatriotas la “elite” intelectual de la época, la que se burló de la “barbarie” de las patas en la fuente donde se refrescaban quienes habían caminado 30 kilómetros para irrumpir en la vida nacional. Así vivenciaban a los portadores de lo que (un cuarto de siglo antes) llamara Yrigoyen los “dolores inescuchados”.
La tremenda movilización del 17, produjo un impacto inverso en Campo de Mayo, y los mandos democráticos y nacionalistas retomaron la iniciativa. Perón habló al pueblo desde los balcones de la Rosada
y se iniciaba la marcha hacia las elecciones del 24 de febrero de 1946.
En la Argentina actual, donde el trabajo y la falta de trabajo sobrevienen como un castigo insoportable, la reacción de nuestros compañeros del 45 nos es particularmente afín y comprensible —mucho más que en los años de bonanza que sobrevinieron—, aunque las soluciones se establecerán en otro nivel.

La Izquierda Nacional entra en escena

Para el socialismo de la Izquierda Nacional, es un orgullo haber saludado, contemporáneamente a los acontecimientos, la gran movilización del 17 de Octubre como un triunfo político de la clase trabajadora argentina. A fines de ese mismo mes, con los hechos aún calientes, el periódico Frente Obrero así lo consignaba, rompiendo resueltamente con la vieja izquierda antiyrigoyenista, primero, y, ahora, antiperonista. Para Frente Obrero, el movimiento que emergía no era la prolongación rioplatense del nazifascismo, como pensaban los Codovilla, Rodolfo Ghioldi, Repetto y Américo Ghioldi.
Por el contrario, era la continuidad superadora de nuestros grandes procesos populares (la Independencia, el federalismo, el yrigoyenismo) y prefiguraba la ola de movimientos nacionales desatada en el tercer mundo al cabo de la guerra imperialista. Respecto a esto último (estamos en 1945) una avanzada de esas luchas, cuando aún la palabra imperialismo se había borrado del vocabulario de la vieja izquierda, y
denotaba...fascismo.
Los planteos de la naciente Izquierda Nacional significaron una ruptura intrépida con las viejas tradiciones de la izquierda cipaya, y le valieron la infamación y el ostracismo que supimos victoriosamente
enfrentar.

La Argentina “cambió para siempre”

El 17 de octubre, en fin, puso de manifiesto la irrepresentatividad del sistema político argentino de la época. En último análisis, ese sistema se articulaba en torno de la vieja oligarquía, con su derecha oficial, su centro alvearista y su “izquierda”.
En el momento crítico, los adversario cerraron filas en la Unión Democrática. Alienado a la contienda europea y su lucha inter imperialista por el nuevo reparto del mundo, ese sistema vivía la contradicción “democracia” versus “fascismo”. Pero en el país habían surgido nuevas fuerzas sociales que no hallaban representación en la contienda.
El proceso de industrialización liviana se intensificó al calor de
la crisis mundial y el forzado proteccionismo creado por la guerra, ya que los Aliados no podían abastecer de bienes industriales al mercado argentino. Su incipiente burguesía nacional y su correlato de nuevos
trabajadores, los sectores industriales del Ejército y del Estado, sectores de clase media ligados al mercado interno, los pueblos empobrecidos del interior, no encontraban representación en las fuerzas existentes y se encolumnaron con Perón, es decir, con las reivindicaciones sociales, el pleno empleo y la industrialización.
A su vez, el coronel y sus adictos militares, debieron radicalizar su discurso ante la defección del grueso de la burguesía industrial, que era la destinataria “natural” de su programa de capitalismo soberano. Tuvo que encontrar abajo, en las grandes mayorías obreras y populares el apoyo para sobrevivir al cerco oligárquico-imperialista. Así, de una justicia social paternalista, pasó a la movilización de las mayorías oprimidas, sin las cuales ningún programa patriótico y nacional es viable. Con la alianza pueblo-Ejército un nuevo bloque de poder se
instauraba durante una década, y la Argentina, como dice María Luisa Bemberg cerrando su admirable filme “Miss Mary”, “cambió para siempre”.

Jorge E. Spilimbergo

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